GALA DE LA ONCE

Bueno, pues llegamos a Mieres y allí nos esperaba un autobús para llevarnos a Madrid. Nos regalaron una camiseta amarilla, un sombrero y una bolsita con unas viandas. Dormí apenas media hora (no escuché ningún ronquido cercano), pero descansaba y me encantó ver amanecer desde el bus, miré el sol mucho rato y me llenó de placer contemplar los fosfenos de color rosado que salían de sus rayos. Llegamos a Madrid y la Plaza de Colón, La Cibeles, La Avenida de La Castellana estaban valladas sólo para nosotros; una ciudad sin barreras para celebrar nuestra fiesta de color amarillo. Nos dieron coordenadas para que no nos perdiéramos, como que nos fijáramos en tiendas, nombres de calles, algunas referencias físicas para nuestra memoria fotográfica, pero yo no les hice caso, porque iba pendiente de mirar para el suelo por si tropezaba, ya que hay escaleras chiquititas que te hacen perder el control y caes de bruces sin habértelo propuesto, así que a la vuelta me fui a buscar los autobuses que se iban para el sur, tal vez el inconsciente me estaba haciendo una mala jugada porque hace tiempo que quiero irme a donde hay sol todos los días y tuve que dar la vuelta para buscar mi norte. Antes, me había sentado en un pollete a esperar a mi hija y a unos amigos que llegaron tarde. Hacía un calor impresionante y cuando caminaba en dirección al Norte en la pantalla gigante estaba Bisbal cantando. Mi madre sentía verdadera pasión por él y me acordé de ella. Me gustó mucho acudir a esta fiesta, que los organizadores llamaron "La Fiesta de la Ilusión", todos vestidos de amarillo, que es el color del sol, del tercer chacra, con el que enfrentamos al miedo, de la mala suerte para los actores porque Moliere se murió vestido de ese color. Estábamos guapos con el sombrero amarillo, como el submarino de los beatles, como el Sombrerero Loco de Alicia en el País de las Maravillas, que se cargó el Tiempo y estaba atrapado en una fiesta eterna por cantar en un concierto a la Reina de Corazones…
Cristina se había propuesto hacerse una foto con un famoso ese día y se encontró a Javier Bardem en El Retiro casi irreconocible, escondido tras una barba y una gorra bien calada, pero su olfato para famosear le hizo olerlo y él se dejó flashear sin demasiados miramientos.
Llegué a casa a las diez, agotada, con las piernas hinchadas y el corazón henchido de gozo...
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