Historia de un sofá
El último inquilino que habitaba en la casa de mi madre me había dejado una estela de agravios indecorosos fruto de haber tenido una perra pastora alemana que parió varias veces en la casa y que mancilló con su maternidad el parquet, los sofás, las paredes y muebles de la casa. Tuvimos que hacer una limpieza a fondo y llamar a los de EMULSA para que recogieran el viejo sofá, ya que apestaba a varias cosas que ahora mismo no quiero nombrar, pero que estaban directamente relacionadas con todo aquello que no se parece a los perfumes caros, que por lo visto están llenos de feromonas, según me explicaron en una reunión de tappersex a la que acudí en Avilés para enterarme de lo último en juguetitos sexuales. A todo esto, lo que más me llamó la atención de este evento fueron los disfraces de criada, de butanero, de policía que vistieron los que presentaban estos productos y me dieron un perfume para echarme que me dijeron que tenía muchas más feromonas que las colonias caras. Es una cosa extraña, pero lo que sí me ocurrió es que al otro día me fui a Mercadona a hacer la compra y me encontré con un montón de gente conocida que no paraban de decirme lo guapa que estaba, me daba a mí por pensar que debían ser las feromonas esas de los del tappersex, bueno, que me enrollo y no acabo. Por cierto, no sé para qué tanto disfraz, porque dicen los autores del libro "Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas" que el hombre -varón- es infiel por naturaleza y que para mantenerlo fiel y que no cambie de pareja basta con cambiar con frecuencia de modelito de ropa interior y por lo visto eso basta para que él se haga la ilusión de que está con una mujer nueva. Bueno, nunca es tarde para enterarte de estas cosas y Primark está ahí a golpe de autovía y por cuatro eurillos cambias el fondo de armario de ropa interior y a ser una nueva vampiresa para tu hombre, claro que antes tengo que encontrar a ese tío, ya me tengo que poner manos a la obra enseguida, que se me pasa el arroz...
Pues nos pusimos a limpiar mis dominicanos y yo y encontramos un bote grande muy parecido a donde se guardan las cenizas de los muertos y María vino toda misteriosa a enseñármelo y yo no me atrevía a abrirlo por si allí había las cenizas de alguien hasta que me acordé que era una caja de galletas de mi madre y me partí de risa de esas jugadas que me hace mi mala buena memoria, que me hace vivirlo todo como si pasara ahora, aunque haya pasado hace tiempo.
Lo pasé genial con ellos, mis dominicanos, nos sentábamos a ratos a descansar y a comer bocadillos de jamón con zumo de melocotón, y nos íbamos de compras a las ferreterías como si nos acabáramos de casar y estuviéramos poniendo la casa nueva.
Una vez que ya estuvo todo limpio y terminado, bueno, casi todo, porque siempre faltaba algo, pues me decidí a ir a Remar, un sitio donde venden muebles de segunda mano a buscar el sofá para reponer al que habían destrozado el inquilino, su novia y la perra, ya que tenía que alquilar la casa de nuevo y darle una presencia vendible. Ese día un amigo me había invitado a un concierto de gospel que daban en la Universidad Laboral de Gijón el coro Good News (Buena Nueva)y antes a comer en un restaurante un mero que se reflejaba en la bandeja como un si fuera un espejo, quiero decir, que el camarero me lo trajo en una bandeja de acero inoxidable y ese animalote tan grande y tan prometedor se reflejaba en aquella bandeja como en un espejo, bueno, pues sigo, antes de ir al restaurante y de ir al concierto, pues nos fuimos María y yo a Remar a mirar sofás y me ocurrió una cosa extraña: Fue amor a primera vista, el sofá se me prendió en la retina y ya no quise mirar a otro sofá, yo que soy tan indecisa y tan que si esto que si lo otro, pues nada, este sofá me calló tan bien como Juan y Medio -al que veo todas las tardes y al que pienso dedicar una entrada, porque me tiene obnubilada- y ya no lo pensé más, ya que la presencia y el empaque del sofá unido al precio tan asequible hicieron que me decidiera por elegirlo para que presidiera el salón de la casa de mi madre sustituyendo al maltrecho sofá anterior lleno de toallitas por dentro de sus cojines. Quedaron en llevármelo unos días más tarde y María se quedó prendada de un mueble bar con mostrador como si fuera para montar en un chalet de la sierra, todo barroco, con la madera muy trabajada y rococó, que yo no sé dónde iba a meter ella semejante rinoceronte si no fuera en la selva amazónica con los del cartel de Medellín escondiéndose de la policía y tomando tequilas servidos por ella, mientras se escuchaban canciones de La Lupe, bueno, vaya cosas que se me ocurren. Bueno, me fui para el concierto pensando que ese día marcaba un hito en mi vida, ya que no me tenía que pensar si era ese o era otro el sofá de mi vida -como el amor de mi vida- y me fui al concierto maravillada de mí misma.
En el concierto yo esperaba encontrarme a unos negros impresionantes cantando con sus voces graves el gospel y elevarme a los cielos -por otra parte donde casi siempre estoy- y en esto aparecen en vez de por el escenario aparecen por la entrada del teatro rodeando a los espectadores y cantando, pero eran todos blancos, esto me sorprendía, pero me gustaba porque cantaban muy bien. Se colocaron a modo de coro en el escenario y de vez en cuando salía uno de ellos muy simpático y con mucha labia a explicar cada una de las canciones y yo pensaba: "Este es un español que se fue con una beca a Masachusets, por poner un ejemplo, y se quedó en América a cantar gospel, o es un americano de padres españoles o es un americano que habla muy bien el español porque se vino a España con una beca americana". Bueno, pues nada de lo que yo pensaba cuadraba, ya que eran un coro español que cantaba gospel, bueno, fue estupendo escucharlos y disfrutar antes de la comida con mi amigo y la otra pareja y los padres del amigo de mi amigo, que no paraba de haber graciosos malentendidos entre ellos, es decir, entre este hombre y sus padres, una especie de lucha generacional, pero entre un hombre de sesenta y pico y los padres de ochenta y largos, bueno, no era el padre, era el novio de la madre, en fin…
Llegó el sofá a la casa y ya no parecía el mismo que en la tienda, tenía otro brillo, se le notaban algunas manchas que la luz mortecina del local no dejaba vislumbrar y algunas quemadurillas de cigarro de las que no nos percatamos con la ilusión de irnos a comer el mero y a escuchar a los del gospel de Valladolid.
Probamos varias posturas de manera de sentarse y los glúteos se nos hundían como si fuera una bajada a los infiernos, así que mi prima Marta me sugirió que ella que trabaja en el Alimerka sabía de unos paneles que servían para apilar botellas de agua y que podíamos entremeter en los cojines del sofá para disimular el hundimiento del titanic, digo, del sofá aterciopelado. Mi prima se puso manos a la obra, trajo los paneles y los cortó con una precisión de amazona, ayudada por un cuter y un metro que le daba la medida precisa y el corte adecuado. Los colocamos debajo de los cojines y cuando te sentabas en el sofá parecía que acababa de salir de fábrica con su punto de dureza y su estabilidad transitoria, preparado para recibir embates y combates, claro, aunque con las huellas de los cigarrillos y las manchitas improvisadas del paso del tiempo, pero nadie es perfecto, y menos un sofá.
Conseguí una nueva inquilina y ésta me dice que ella quiere poner su propio sofá, que si no me importa que guarde este sofá en otro lugar. Llamo a los de Remar y les digo que si lo vienen a buscar que se lo regalo y me contestan que si está en buenas condiciones que me lo llevan y yo les digo que es el mismo que ellos me vendieron, que no ha transcurrido casi un mes desde entonces y que no ha sido utilizado apenas. Vienen a verlo y me dicen que el sofá no reúne las condiciones y que me cobran cincuenta euros por sacarlo de casa. ¡Válgame Dios! No entiendo nada, tuve que llamar a los de Emulsa para que me recogieran el sofá y una vecina me contó que el día que pasan por allí antes hay dos o tres furgonetas esperando a ver las cosas que la gente tira y que se apropian de ellas antes de que lleguen los de Emulsa.
Mi lema es que la vida es eso que pasa mientras nosotros hacemos planes, bueno, es de Jhon Lennon, creo, pero lo hago mío porque por mucho que planifiques la improvisación es una maravilla.¿O no?
Pues nos pusimos a limpiar mis dominicanos y yo y encontramos un bote grande muy parecido a donde se guardan las cenizas de los muertos y María vino toda misteriosa a enseñármelo y yo no me atrevía a abrirlo por si allí había las cenizas de alguien hasta que me acordé que era una caja de galletas de mi madre y me partí de risa de esas jugadas que me hace mi mala buena memoria, que me hace vivirlo todo como si pasara ahora, aunque haya pasado hace tiempo.
Lo pasé genial con ellos, mis dominicanos, nos sentábamos a ratos a descansar y a comer bocadillos de jamón con zumo de melocotón, y nos íbamos de compras a las ferreterías como si nos acabáramos de casar y estuviéramos poniendo la casa nueva.
Una vez que ya estuvo todo limpio y terminado, bueno, casi todo, porque siempre faltaba algo, pues me decidí a ir a Remar, un sitio donde venden muebles de segunda mano a buscar el sofá para reponer al que habían destrozado el inquilino, su novia y la perra, ya que tenía que alquilar la casa de nuevo y darle una presencia vendible. Ese día un amigo me había invitado a un concierto de gospel que daban en la Universidad Laboral de Gijón el coro Good News (Buena Nueva)y antes a comer en un restaurante un mero que se reflejaba en la bandeja como un si fuera un espejo, quiero decir, que el camarero me lo trajo en una bandeja de acero inoxidable y ese animalote tan grande y tan prometedor se reflejaba en aquella bandeja como en un espejo, bueno, pues sigo, antes de ir al restaurante y de ir al concierto, pues nos fuimos María y yo a Remar a mirar sofás y me ocurrió una cosa extraña: Fue amor a primera vista, el sofá se me prendió en la retina y ya no quise mirar a otro sofá, yo que soy tan indecisa y tan que si esto que si lo otro, pues nada, este sofá me calló tan bien como Juan y Medio -al que veo todas las tardes y al que pienso dedicar una entrada, porque me tiene obnubilada- y ya no lo pensé más, ya que la presencia y el empaque del sofá unido al precio tan asequible hicieron que me decidiera por elegirlo para que presidiera el salón de la casa de mi madre sustituyendo al maltrecho sofá anterior lleno de toallitas por dentro de sus cojines. Quedaron en llevármelo unos días más tarde y María se quedó prendada de un mueble bar con mostrador como si fuera para montar en un chalet de la sierra, todo barroco, con la madera muy trabajada y rococó, que yo no sé dónde iba a meter ella semejante rinoceronte si no fuera en la selva amazónica con los del cartel de Medellín escondiéndose de la policía y tomando tequilas servidos por ella, mientras se escuchaban canciones de La Lupe, bueno, vaya cosas que se me ocurren. Bueno, me fui para el concierto pensando que ese día marcaba un hito en mi vida, ya que no me tenía que pensar si era ese o era otro el sofá de mi vida -como el amor de mi vida- y me fui al concierto maravillada de mí misma.
En el concierto yo esperaba encontrarme a unos negros impresionantes cantando con sus voces graves el gospel y elevarme a los cielos -por otra parte donde casi siempre estoy- y en esto aparecen en vez de por el escenario aparecen por la entrada del teatro rodeando a los espectadores y cantando, pero eran todos blancos, esto me sorprendía, pero me gustaba porque cantaban muy bien. Se colocaron a modo de coro en el escenario y de vez en cuando salía uno de ellos muy simpático y con mucha labia a explicar cada una de las canciones y yo pensaba: "Este es un español que se fue con una beca a Masachusets, por poner un ejemplo, y se quedó en América a cantar gospel, o es un americano de padres españoles o es un americano que habla muy bien el español porque se vino a España con una beca americana". Bueno, pues nada de lo que yo pensaba cuadraba, ya que eran un coro español que cantaba gospel, bueno, fue estupendo escucharlos y disfrutar antes de la comida con mi amigo y la otra pareja y los padres del amigo de mi amigo, que no paraba de haber graciosos malentendidos entre ellos, es decir, entre este hombre y sus padres, una especie de lucha generacional, pero entre un hombre de sesenta y pico y los padres de ochenta y largos, bueno, no era el padre, era el novio de la madre, en fin…
Llegó el sofá a la casa y ya no parecía el mismo que en la tienda, tenía otro brillo, se le notaban algunas manchas que la luz mortecina del local no dejaba vislumbrar y algunas quemadurillas de cigarro de las que no nos percatamos con la ilusión de irnos a comer el mero y a escuchar a los del gospel de Valladolid.
Probamos varias posturas de manera de sentarse y los glúteos se nos hundían como si fuera una bajada a los infiernos, así que mi prima Marta me sugirió que ella que trabaja en el Alimerka sabía de unos paneles que servían para apilar botellas de agua y que podíamos entremeter en los cojines del sofá para disimular el hundimiento del titanic, digo, del sofá aterciopelado. Mi prima se puso manos a la obra, trajo los paneles y los cortó con una precisión de amazona, ayudada por un cuter y un metro que le daba la medida precisa y el corte adecuado. Los colocamos debajo de los cojines y cuando te sentabas en el sofá parecía que acababa de salir de fábrica con su punto de dureza y su estabilidad transitoria, preparado para recibir embates y combates, claro, aunque con las huellas de los cigarrillos y las manchitas improvisadas del paso del tiempo, pero nadie es perfecto, y menos un sofá.
Conseguí una nueva inquilina y ésta me dice que ella quiere poner su propio sofá, que si no me importa que guarde este sofá en otro lugar. Llamo a los de Remar y les digo que si lo vienen a buscar que se lo regalo y me contestan que si está en buenas condiciones que me lo llevan y yo les digo que es el mismo que ellos me vendieron, que no ha transcurrido casi un mes desde entonces y que no ha sido utilizado apenas. Vienen a verlo y me dicen que el sofá no reúne las condiciones y que me cobran cincuenta euros por sacarlo de casa. ¡Válgame Dios! No entiendo nada, tuve que llamar a los de Emulsa para que me recogieran el sofá y una vecina me contó que el día que pasan por allí antes hay dos o tres furgonetas esperando a ver las cosas que la gente tira y que se apropian de ellas antes de que lleguen los de Emulsa.
Mi lema es que la vida es eso que pasa mientras nosotros hacemos planes, bueno, es de Jhon Lennon, creo, pero lo hago mío porque por mucho que planifiques la improvisación es una maravilla.¿O no?
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